Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Pues verás, amigo: ciento cinco. Casi me matan, lo que os digo, hermanos —recalcó Luchka, olvidándose de nuevo de Kobylin—. Cuando me condenaron a aquellos ciento cinco, me llevaron en procesión. Hasta ese dÃa yo no sabÃa qué era el látigo. La gente acudió como moscas: toda la ciudad se amontonó allÃ; van a castigar a un bandido, un asesino, pues. ¡Qué gente tan estúpida! ¡No sabrÃa decir cuánto! Timoshka[45] me desnudó, me tendió y me gritó: «¡Aguanta, que esto quema!», y yo esperé: ¿cómo será? Cuando me arreó el primero, yo querÃa gritar, tenÃa la boca abierta, pero no me salÃa el grito. Me faltaba la voz. Al arrearme el segundo, lo creas o no, ya no oà contar dos. Y cuando volvà en mÃ, oà contar: diecisiete. Asà que, hermano, me bajaron del potro cuatro veces, para dejarme respirar media hora: me echaban agua. Y yo los miraba a todos con los ojos salidos y pensaba: «Aquà me muero».
—¿Y no te moriste? —preguntó ingenuamente Kobylin.
Luchka le miró de arriba abajo con el mayor desprecio; se oyó una carcajada.
—¡Qué zoquete!
—Es que está mal de la azotea —observó Luchka, como arrepintiéndose de haberse puesto a hablar con aquel individuo.
—¡No tiene mollera! —exclamó Vasia.