Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta *
—Te molerÃan a palos por aquello, ¿no? —observó tranquilamente Kobylin.
—Ejem. SÃ, hermano, es cierto, me molieron a palos. AlÃ, pásame las tijeras. ¿Qué pasa hoy, hermanos, que no se juega? ¿Es que no hay maidán?
—Ya se han bebido el dinero —observó Vasia—. Si no se lo hubieran bebido, claro que habrÃa.
—SÃ, sÃ. Por ése dan en Moscú cien rublos —replicó Luchka.
—¿Y cuántos te dieron por todo aquello, Luchka? —volvió a preguntar Kobylin.