Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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También, en general, irrita a los rangos inferiores toda negligencia altiva, todo desdén en el trato con ellos. Algunos piensan, por ejemplo, que basta con alimentar y mantener bien a un preso y aplicar la ley para dar por zanjado el asunto. También esto es un error. Toda persona, sea quien fuere y por muy humillada que esté, exige, aunque sea de una manera instintiva e inconsciente, que se respete su dignidad humana. El preso sabe que es un preso, un proscrito, y sabe cuál es su lugar ante la autoridad; pero ninguna marca ni ningunos grilletes le harán olvidar que es una persona. Y, como en efecto es una persona, hay que tratarle como un ser humano. ¡Dios mío! Un trato humano puede humanizar incluso a aquél en el que hace tiempo que palideció la imagen de Dios. A estos «desgraciados» hay que tratarles de manera más humana. Esa es su salvación y su alegría. He conocido a comandantes buenos y nobles. He visto los efectos que producían en esos humillados. Algunas palabras amables bastaban para que los presos poco menos que resucitaran moralmente. Se alegraban como niños y, como niños, empezaban a amar. Haré notar también una cosa extraña: a los presos no les gusta que los jefes les traten con demasiada familiaridad y con demasiada benevolencia. El preso quiere respetar al jefe, y así le pierde el respeto. El preso quiere, por ejemplo, que el jefe posea condecoraciones, que tenga buena presencia, que goce de la gracia de sus superiores, que sea severo, importante y justo y que vele por su dignidad. Esos jefes son los que más les gustan a los presos: es decir, los que conservan su dignidad y no les ofenden; entonces, todo va bien.


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