Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Y aquà haré una digresión. Por desgracia, expresiones como «Yo soy el zar y soy Dios», y muchas otras por el estilo, eran bastante usadas, en otros tiempos, por los jefes. Es preciso, por lo demás, reconocer que ya quedan pocos jefes de ésos y puede que hayan desaparecido del todo. Haré constar también que, particularmente, se jactaban y gustaban de jactarse con tales expresiones, en su mayorÃa, los jefes que procedÃan de los rangos inferiores. El grado de oficial parecÃa trastornarles las entrañas y también la cabeza. Después de haber estado largo tiempo bajo la férula y de haber recorrido todos los grados subalternos, se ven de pronto convertidos en oficiales, comandantes, nobles, y por falta de costumbre, con la primera embriaguez, exageran la idea de su poder y de su importancia; naturalmente, sólo en lo que respecta a los rangos inferiores. Ante los superiores siguen observando el servilismo de antaño, ya completamente innecesario e incluso enojoso para muchos jefes. Algunos de estos seres serviles se apresuran a declarar con especial solicitud ante sus jefes superiores que, debido a que proceden de los rangos inferiores, aunque ahora sean oficiales, «recordarán siempre cuál es su puesto». Pero respecto a los grados inferiores se convierten poco menos que en déspotas absolutos. Evidentemente, ahora es poco probable que haya gente asà y mucho menos que se encuentre a alguien que grite: «Yo soy el zar, y soy el rey». No obstante, he de señalar que nada irrita tanto a los presos, y en general a los grados inferiores, como tales expresiones en boca de los jefes. Esa insolencia en su engreimiento, esa opinión exagerada de su impunidad, engendra odio en el hombre más sumiso y acaba con su paciencia. Por fortuna, todo esto pertenece casi al pasado, e incluso en otros tiempos era severamente perseguido por las autoridades. Conozco varios ejemplos de ello.