Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »Al decir él: “Yo soy el zar y soy Dios”, me adelanto —prosiguió Luchka— con la navaja en la manga.
»—No, Excelencia —le digo, y me acerco poco a poco a él—, no, ¿cómo puede ser, Excelencia, que sea nuestro zar y Dios?
»—Así que eres tú, eres tú… —gritó el mayor—, ¡el agitador!
»—No —le digo, y me acerco aún más a él—, no, Excelencia, como es sabido y como su Excelencia seguramente sabrá, sólo hay un Dios todopoderoso y que está en todas partes. Y zar sólo hay uno, al que Dios puso por encima de todos nosotros. Él es nuestro monarca. Su Excelencia no es más que mayor, nuestro jefe, Excelencia, por la gracia del zar y por sus propios méritos.
»—¡Có-mo, có-mo, có-mo! —cacareaba, sin poder hablar, pues se le trababa la lengua. Estaba hecho un lío.
»—¡Pues así! —le digo, y me lanzo contra él y le clavé, así y así, la navaja en la barriga, hasta el mango. ¡Una buena faena! Cayó boca arriba y estiró la pata enseguida. Tiré la navaja.
»—Mirad —les digo—. Ahora, levantadlo.