Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —El juez era un tÃo fuerte, gordo y con canas. Yo le digo: ¡No! Pero él, el hijo del demonio, venga a escribir, venga a escribir. Bueno, me digo, asà revientes y yo te vea. Pero él, venga a escribir, venga a escribir… Entonces perdà la cabeza. Vasia, dame hilo, que este del penal está podrido.
—Éste es del mercado —respondió Vasia, dándole el hilo.
—El de nuestro taller es mejor. El otro dÃa se lo encargamos a Nevalid[44], pero no sé a qué condenada tÃa se lo habrá comprado.
—A su comadre, seguro.
—Seguro que a su comadre.
—Bueno, ¿y qué fue del mayor? —preguntó Kobylin, completamente olvidado.
Era justo lo que necesitaba Luchka. Sin embargo no retomó enseguida su relato, como si no hiciera caso a Kobylin. Tiró del hilo tranquilamente y con parsimonia cruzó las piernas bajo su cuerpo y, por fin, continuó:
—Calenté tanto a los ucranianos que, al final, llamaron al mayor. Pero yo le pedà por la mañana a mi vecino su navaja, la cogà y me la escondÃ, por si acaso. El mayor se puso hecho una furia. Y viene. Bueno, les digo, no acobardarse. Pero a ellos se les cayó el alma a los pies; y temblaban asÃ. Llega corriendo el mayor; borracho: «¿Quién es…? ¿Qué pasa aquÃ? Yo soy el zar y soy Dios».