Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —A mí, hermano, me mandaron desde nuestra tierra a Ch…v. —empezó, mientras hurgaba con la aguja—, por ser un vagabundo.
—¿Cuándo fue eso? ¿Hace mucho? —preguntó Kobylin.
—Cuando los guisantes maduren, hará un año. Bueno, pues al llegar a K…v me metieron por poco tiempo en el penal. Miro: tengo a mi lado a doce hombres, todos pequeños rusos, altos, sanos, fuertes como toros. Pero muy mansos: la comida era mala y el mayor hacía con ellos lo que se le entojaba. —Luchka deformó la palabra adrede—. Estoy allí un día, estoy otro; y veo que son unos cobardes. «¿Por qué —les digo— aguantáis a ese idiota?» «Pues anda tú a hablar con él». Y hasta se ríen de mí. Pero me callo. Y había allí, hermanos, un pequeño ruso muy guasón —añadió de pronto, desentendiéndose de Kobylin y dirigiéndose a todos en general.
A continuación Luchka contó cómo le habían condenado y cómo había hablado con el juez y cómo había llorado a lágrima viva diciéndole que había dejado en su casa a su mujer y a sus hijos: