Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Una vez, en aquellos primeros días, en una larga tarde, ocioso y nostálgico, estaba tendido en el camastro y escuché uno de aquellos relatos, y por mi inexperiencia tomé a quien lo contaba por un narrador colosal, un malhechor horrible, con un carácter de hierro, mientras que al mismo tiempo estuve a punto de reírme de Petrov. El tema del relato era cómo él, Luká Kuzmich, sin otro propósito que el de divertirse, había tumbado a un mayor. Este Luká Kuzmich era el mismo preso joven, pequeño, flaco y de nariz aguileña de nuestro barracón, pequeño ruso de origen, del cual ya hablé en otro pasaje. En realidad, era ruso, sólo que había nacido en el sur y era, al parecer, hijo de un siervo. Tenía, efectivamente, algo de ave rapaz, de arrogancia: «el pájaro es pequeño, pero sus garras son agudas». Pero los presos, instintivamente, calan a la gente. Le tenían muy poca estima o, como decían en el penal, «le apreciaban muy poco». Tenía un terrible amor propio. Aquella tarde estaba sentado en el camastro y cosía una camisa. Confeccionar ropa interior era su oficio. A su lado estaba un tipo torpe y de pocos alcances, pero bonachón y afable, recio y grande, su vecino en el camastro, el preso Kobylin. Luchka[43], por ser vecino suyo, discutía a menudo con él y, en general, le trataba con altanería, burlonamente y de manera despótica, lo que Kobylin no notaba por su simplicidad. Mientras tejía unos calcetines de lana, escuchaba con aire indiferente a Luchka. Éste contaba su historia con voz bastante alta y clara. Quería que todos le oyesen, aunque se esforzaba por aparentar que sólo se la contaba a Kobylin.