Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Los tres primeros días no fui a trabajar; así se hacía con los recién llegados: se les permitía descansar del viaje. Pero al día siguiente tuve que salir del presidio para cambiar los grilletes. Mis grilletes no eran los reglamentarios, eran de anillas, de «suave son», como les llamaban los presidiarios. Se llevaban por fuera. Los grilletes reglamentarios del presidio, adecuados para el trabajo, no llevaban anillas, sino cuatro varillas de hierro, casi del grosor de un dedo, unidas entre sí por tres argollas. Tenían que llevarse debajo de los pantalones. A la argolla del medio se ataba una correa, sujeta, a su vez, a un cinturón que iba sobre la camisa.