Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Al parecer, llevaban un buen rato hablando. Se me había escapado el comienzo, y tampoco en ese momento podía captar todo lo que decían; pero poco a poco me fui habituando, hasta que empecé a entenderlo todo. No podía dormir; ¿qué hacer, pues, sino escuchar?… Uno de ellos contaba su historia con pasión, tumbado a medias en la cama, con la cabeza levantada y el cuello vuelto hacia su compañero. Se le notaba enardecido, excitado, con ganas de contar su historia. El que escuchaba, con aire taciturno y totalmente impasible, estaba sentado en la cama con las piernas estiradas, y muy de vez en cuando emitía una especie de mugido como respuesta o como señal de interés por el narrador, aunque se diría que lo hacía más bien por cortesía, sin autenticidad, y a cada paso se atiborraba la nariz de rapé que iba sacando de su cuernecillo. Este era el soldado disciplinario Cherevin, de unos cincuenta años, pedante sombrío, frío razonador y necio henchido de amor propio. El narrador, Shishkov, un tipo aún joven que no llegaba a la treintena, era un preso civil que trabajaba en el taller de costura. Hasta entonces yo apenas le había prestado atención; y tampoco después, durante el resto de mi estancia en el presidio, me vi empujado a ocuparme de él. Era una persona vacía y extravagante. A veces permanecía en silencio, apartado de todos, se mostraba displicente y se pasaba semanas enteras sin decir nada. Otras veces, en cambio, se entrometía en todo tipo de asuntos, empezaba a andarse con chismes, se acaloraba por naderías, iba de barracón en barracón llevando noticias, calumniaba, perdía los estribos. Le pegaban, y volvía a recluirse en su silencio; era un tipo cobarde e insustancial. Todos le trataban con cierto desprecio. Era bajo de estatura, delgado, con ojos que parecían inquietos y, a veces, vagamente pensativos. Si tenía que contar alguna cosa, empezaba con vehemencia, con pasión, agitando las manos incluso, pero de pronto se interrumpía bruscamente o saltaba a otro asunto, se dejaba llevar por nuevos detalles y se olvidaba del tema inicial. Se enzarzaba en frecuentes peleas, y nunca dejaba de echarle algo en cara a su rival, acusándole de alguna falta cometida contra él, y le hablaba con sentimiento, al borde del llanto… No tocaba nada mal la balalaika, y le gustaba hacerlo; y en las fiestas, si le obligaban, llegaba a bailar, e incluso bailaba con gracia… No era difícil obligarle a hacer cualquier cosa… No tanto porque fuera especialmente sumiso, sino porque le gustaba, por camaradería, participar en todo y complacer a los demás.