Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Qué va! No había forma de acercarse a él. Se había dado en cuerpo y alma a la bebida. Había liquidado todos sus bienes y había cerrado un trato con un rico burgués: iría a filas en lugar del hijo mayor de éste. Y es que en nuestra tierra, cuando se hace ese trato, hasta el mismísimo día en que te llaman a filas, todo lo de la casa está a tu disposición, y te conviertes en el amo absoluto. El dinero del contrato lo recibes íntegramente en el momento de la partida, pero hasta entonces vives en la casa del señor, a veces hasta seis meses. ¡Y hay que ver las que arman algunos a costa de los señores! ¡Más vale sacar a los santos de la casa, para que no se avergüencen con lo que allí ocurre! Piensa el que se marcha: «Yo me voy de soldado en lugar de tu hijo, o sea, que soy vuestro benefactor y me tenéis que respetar, y, si no, me echo atrás». De ese modo, Filka lo puso todo patas arriba en casa de aquel burgués: dormía con la hija, le tiraba de las barbas al padre cada día después de comer, hacía todo lo que le venía en gana. Que si su baño diario, que si echaran vodka para producir el vapor, que si las mujeres le tenían que llevar en volandas al baño… Una vez vuelve a casa de correrse una juerga, y se queda parado en mitad de la calle: «¡No quiero entrar por la puerta! ¡Derribad la cerca!», de modo que tienen que derribar una parte de la cerca, en un sitio distinto al de la puerta, para que él entre. Por fin terminó el plazo, lo llamaron a filas y hubo que bajarle la borrachera. Gente y más gente le seguía en tropel, le siguieron por toda la calle: «¡A Filka Morózov se lo llevan a servir!». Él hacía reverencias a diestra y siniestra. Y en ese preciso momento volvía del huerto Akulka; en cuanto la vio, justo delante de nuestra puerta, Filka gritó: «¡Alto!». Saltó de la carreta, e hizo ante ella una profunda reverencia. Le dijo: «Alma mía, florecilla silvestre, te he querido estos dos años, y ahora entre músicas me llevan de soldado. Perdóname, hija honrada de un padre honrado, porque he sido un canalla contigo; toda la culpa ha sido mía». Y repitió la reverencia. Akulka al principio se quedó paralizada, como con miedo, pero después le hizo una reverencia hasta la cintura, y dijo: «Perdóname también tú a mí, buen mozo, yo a ti no te guardo ningún rencor». Yo entré en la isba detrás de ella: «¿Qué le has dicho, perra?». Y ella, aunque no te lo creas, me miró y dijo: «Ahora le quiero a él más que a nada en el mundo».