Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Y ahora era yo el que estaba en esos mismos sitios, y ni siquiera en ésos; nosotros íbamos encadenados y cubiertos de infamia; todo el mundo se apartaba de nosotros, como si nos tuviera miedo; nos daban limosna cada vez y recuerdo que eso me parecía en cierto modo agradable, y que una sensación particular, exquisita, contribuía a ese extraño agrado. «Si ha de ser así, que sea», pensaba. Los reclusos rezaban con mucho fervor, y todos llevaban a la iglesia en cada ocasión su humilde kopek para la vela o para contribuir a la colecta. «Yo también soy un hombre —pensaba tal vez, o lo sentía, cuando hacía su ofrenda—, y ante Dios todos somos iguales…» Comulgábamos en la primera misa. Cuando el sacerdote, sosteniendo el cáliz, pronunciaba las palabras «… pero, como al ladrón, a mí recíbeme», casi todos se postraban en el suelo, con gran ruido de cadenas, tomando aquellas palabras al pie de la letra, como si se refirieran a ellos.