Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta También sobre mí ejercía su influjo la primavera. Recuerdo con qué avidez miraba a veces a través de las rendijas de la empalizada, quedándome así largo rato, con la cabeza apoyada en ella, fijándome de forma obstinada e insaciable en la hierba que verdeaba sobre el terraplén de la fortaleza o en el azul cada vez más intenso del cielo lejano. Mi inquietud y mi añoranza aumentaban día a día, y cada vez me resultaba más aborrecible el presidio. El odio que yo, como noble, despertaba constantemente, durante los primeros años, en los reclusos, se había convertido para mí en algo insoportable, que me envenenaba la vida. En el curso de esos primeros años ingresé con frecuencia en el hospital, sin ninguna dolencia, con el único fin de alejarme de ese odio general, encarnizado, que nada podía aplacar. «Vosotros, picos de hierro, ¡nos habéis masacrado!», nos decían los reclusos, ¡y cómo envidiaba yo a la gente del pueblo que ingresaba en prisión! A ellos enseguida les acogían todos como camaradas. Y por todo ello, la primavera, fantasma de la libertad, contento general de la naturaleza, se manifestaba en mí de un modo triste e irritante. A finales de la Cuaresma, creo que en la sexta semana, me tocó ayunar. Todo el penal, a partir de la primera semana, había sido dividido por el suboficial jefe en siete tandas, una por cada semana de Cuaresma, para el ayuno. De ese modo, en cada tanda había unos treinta hombres. La semana de ayuno me gustó mucho. Los ayunadores eran eximidos de los trabajos. Íbamos a la iglesia, situada a poca distancia del presidio, dos o tres veces al día. Hacía mucho tiempo que yo no iba a la iglesia. El servicio de Cuaresma, que tan bien conocía desde la remota infancia, en casa de mis padres, las solemnes oraciones, las profundas reverencias: todo eso reavivó en mi alma un pasado muy, muy lejano, y evocaba en mí las impresiones de los años infantiles; y recuerdo que me resultaba muy agradable cuando, por la mañana, pisando el suelo que se había helado levemente durante la noche, nos llevaban bajo escolta, con los fusiles cargados, a la casa de Dios. Por cierto que la escolta no entraba en la iglesia. Dentro de la iglesia formábamos un grupo compacto, al lado mismo de la puerta, en el lugar más apartado, de modo que apenas si podíamos oír el vozarrón del diácono y muy de vez en cuando adivinábamos entre la multitud la casulla negra y la calva del sacerdote. Yo recordaba cómo, siendo aún niño, en la iglesia, echaba algunas miradas a la gente humilde apiñada junto a la puerta, que se retiraba servilmente ante unas tupidas charreteras, ante un grueso barin o ante una dama emperifollada pero extraordinariamente devota, los cuales tenían siempre que pasar hasta los primeros sitios y estaban dispuestos a reñir a cada instante por ocupar el mejor. Me parecía entonces que allí, junto a la entrada, se rezaba de una forma diferente a la nuestra, se rezaba con mansedumbre, con fervor, postrados en el suelo con plena conciencia de la propia humildad.