Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pero ya estamos a primeros de abril, ya se acerca la Semana Santa. También van empezando poco a poco los trabajos veraniegos. Cada dÃa el sol es algo más cálido y brillante; el aire huele a primavera y produce en el organismo una reacción estimulante. Los hermosos dÃas que van llegando conmueven también al hombre encadenado, y hacen nacer en él deseos, aspiraciones y pesares. Se dirÃa que se añora con más fuerza la libertad bajo un radiante rayo de sol que en un desapacible dÃa de invierno o de otoño, cosa que puede apreciarse en todos los presos. Es como si estuvieran contentos con los dÃas luminosos, pero al mismo tiempo crece en ellos cierta impaciencia, cierta impetuosidad. De hecho pude observar que en primavera son más frecuentes las disputas en el penal. Se oyen más a menudo los ruidos, los gritos, los alborotos; hay más lÃos; por otra parte, durante el trabajo se puede sorprender en cualquier sitio una mirada pensativa y tenaz que apunta a la azulada lejanÃa, hacia algún lugar en la otra orilla del Irtish, donde empieza el mantel inabarcable, con sus mil quinientas verstas, de la libre estepa de Kirguizia[76]; o se puede escuchar algún suspiro profundo, a pleno pulmón, como de alguien ávido por respirar aquel aire lejano y libre para aliviar su alma oprimida, encadenada. «¡Ay!», dice por fin el recluso, y de pronto, como si quisiera sacudirse los sueños y las reflexiones, agarra impaciente y sombrÃo la pala o coge los ladrillos que hay que llevar de un sitio a otro. Al cabo de un minuto ya se ha olvidado de aquella sensación repentina y empieza a reÃr o a blasfemar, dependiendo de su carácter; o, si no, con un ardor insólito y totalmente desproporcionado, se aplica a su tarea, si es que le han asignado alguna, y se pone a trabajar… a trabajar con todas sus fuerzas, como queriendo sofocar con la dureza del trabajo algo que en su interior le agobia y le oprime. Toda ésta es gente fuerte, que está en su mayor parte en la flor de su vida y de su vigor… ¡Qué pesados resultan los grilletes en esta época! No estoy poetizando en este momento, estoy convencido de la veracidad de mi observación. Además, con el calor, bajo el sol radiante, cuando escuchas y sientes con toda tu alma, con todo tu ser, la naturaleza que está renaciendo alrededor de ti con su infinita fuerza, se vuelven aún más duros los cerrojos de la prisión, la vigilancia y las imposiciones. Aparte de esto, es en estos dÃas primaverales cuando por Siberia y por toda Rusia, con las primeras alondras, se empiezan a ver vagabundos: gentes de Dios que huyen de los presidios y se refugian en los bosques. Después de la mazmorra sofocante, después de los tribunales, después de los grilletes y los palos, deambulan a sus anchas, allà donde se les antoje, por los lugares más hermosos y más libres; beben y comen cuando se les presenta la ocasión, a la buena de Dios, y por las noches duermen plácidamente en un rincón cualquiera, en los bosques y campos, sin mayores preocupaciones, sin el pesar de la prisión, como los pájaros del bosque, y al dormirse sólo tienen que despedirse de las estrellas del cielo, bajo el ojo de Dios. No puede negarse que es duro en ocasiones, que se pasa hambre, que llega a ser agotador estar «a las órdenes del general Cuco». Pueden pasarse dÃas enteros sin ver el pan; tienen que ocultarse y apartarse de todo el mundo; hace falta robar y saquear, y hasta matar en ocasiones. «El colono es como un niño chico: todo lo que ve se le antoja», dicen en Siberia de los colonos. Este dicho puede aplicarse con todo rigor, si no más, a los vagabundos. Raro es el vagabundo que no es un bandolero, rarÃsimo el que no es un ladrón, aunque más por necesidad, se entiende, que por vocación. Hay vagabundos contumaces. Algunos huyen incluso tras haber cumplido su condena a trabajos forzados, cuando les han instalado ya como colonos. Se esperarÃa que estuvieran satisfechos de su situación como colonos, con las necesidades cubiertas, pero no es asÃ. Algo les arrastra, algo les llama lejos de allÃ. La vida en los bosques, la vida mÃsera y terrible, pero libre y llena de aventuras, posee un encanto secreto y seductor para quien la ha experimentado alguna vez; por eso se ve cómo se dan a la fuga incluso personas tÃmidas y metódicas que ya habÃan prometido convertirse en unos perfectos sedentarios y en unos labradores eficientes. Los hay incluso que se casan, tienen hijos, viven unos años en un sitio y, de pronto, un buen dÃa, desaparecen dejando boquiabiertos a la mujer, a los hijos y a todo el distrito donde están empadronados. En la prisión me mostraron a uno de estos fugitivos incorregibles. No habÃa cometido ningún delito importante, o al menos no se contaba nada en ese sentido, y, sin embargo, se pasaba la vida huyendo. HabÃa estado en las fronteras rusas del sur, más allá del Danubio, habÃa estado en las estepas de Kirguizia, en el este de Siberia, en el Cáucaso… por todas partes habÃa estado. Tal vez, quién sabe, en otras circunstancias habrÃa llegado a ser un nuevo Robinson Crusoe con su pasión por los viajes. Por cierto, que todo lo que sé sobre él me lo contaron otras personas, porque él apenas hablaba en el penal y se limitaba a decir lo más indispensable. Era un hombrecillo diminuto, ya en la cincuentena, de una mansedumbre fuera de lo común y con una expresión tan imperturbable, por no decir obtusa, que rayaba en la idiotez. En verano le gustaba sentarse al sol y siempre estaba canturreando alguna cancioncilla, aunque tan bajito que no se le oÃa a cinco pasos. Los rasgos de su cara parecÃan anquilosados; comÃa poco, más que nada pan; jamás se compró ni una sola rosquilla, ni un vasito de vodka; es poco probable que alguna vez tuviera dinero, es poco probable incluso que supiera contar siquiera. Todo le dejaba completamente indiferente. A veces daba de comer a los perros del penal en su propia mano, cosa que nosotros nunca hacÃamos. En general, a los rusos no les gusta dar de comer a los perros. DecÃan que se habÃa casado, dos veces incluso, decÃan que tenÃa hijos en alguna parte… Ignoro por completo por qué habÃa venido a parar al presidio. En el penal, todos esperaban que también se largara de allÃ; pero fuera porque no habÃa llegado aún su momento o porque ya se le habÃan pasado los años, lo cierto es que él vivÃa tranquilamente su vida, adoptando una especie de actitud contemplativa con el extraño ambiente que le rodeaba. Es cierto que tampoco podÃa uno fiarse de él, pero, bien mirado, ¿para qué iba a fugarse?, ¿qué iba a ganar con ello? Y, sin embargo, en conjunto, la vida de vagabundo, por los bosques, es un paraÃso al lado de la vida en prisión. Eso se da por descontado: no cabe la menor comparación. Será un destino duro, pero es el que se ha elegido. Precisamente por eso, en Rusia, cualquier recluso, esté donde esté, siente cierta inquietud en primavera, con los primeros rayos amables de sol. Eso no significa que todos tengan la intención de evadirse: puede afirmarse positivamente que sólo uno de cada cien toma esa decisión, tanto por las dificultades como por las responsabilidades que implica; pero los noventa y nueve restantes al menos sueñan en cómo y adónde se podrÃa huir; al menos transportan su alma, aunque no sea más que un deseo, aunque no pase de ser una mera posibilidad. Algunos cuando menos recuerdan cómo en otro tiempo se escaparon… Me he venido refiriendo a los condenados. Pero, como es natural, los que más a menudo, con mucha diferencia sobre los demás, se atreven a emprender la huida son los presos pendientes de juicio. Los condenados a un número de años de hecho sólo se deciden a huir al principio de su reclusión. Cuando ha cumplido ya dos o tres años de trabajos forzados, el recluso empieza a valorar ese tiempo transcurrido y poco a poco se va haciendo a la idea de que es mejor concluir de forma legal el perÃodo de trabajos y convertirse después en un colono, antes que afrontar semejante riesgo y el previsible desastre en caso de fracaso. ¡Y el fracaso es muy probable! Acaso tan sólo una décima parte consigue cambiar su suerte. Entre los condenados, los más propensos a intentar la huida son los que han sido sentenciados a muchos años. Quince o veinte años parecen una eternidad, y los condenados a tales perÃodos están siempre dispuestos a soñar con un cambio de suerte, aunque hayan cumplido ya diez años de trabajos. Por último, las marcas personales son en parte un obstáculo para la huida. Cambiar la suerte, ésa es la expresión técnica. AsÃ, en los interrogatorios, si le acusan de intento de fuga, el recluso responde que pretendÃa cambiar su suerte. Esta expresión un tanto libresca se puede aplicar literalmente al caso que nos ocupa. Los fugitivos no tienen exactamente el proyecto de alcanzar la completa libertad, cosa que saben que es casi imposible, sino el de ir a parar a otro establecimiento penitenciario, o el de ser instalados como colonos, o bien el de ser juzgados nuevamente, por un nuevo delito cometido en el curso de su vagabundeo; en resumen: acabar donde sea, siempre que no sea en la antigua prisión, lugar del que ya están completamente hartos. Todos estos fugitivos, si a lo largo del verano no son capaces de encontrar un lugar fortuito, no frecuentado, donde pasar el invierno; si, por ejemplo, no dan con algún encubridor de presos fugados, que se lucra de esa manera; si, en fin, no se hacen, a veces mediante el asesinato, con un documento de identidad que les permita vivir en todas partes, entonces, al llegar el otoño, si no les han atrapado antes, se presentan en su mayor parte, formando grupos compactos, en las ciudades y en los presidios, en calidad de vagabundos, y entran en las cárceles para pasar el invierno, no sin esperanzas, desde luego, de volver a fugarse en verano.