Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Los trabajos veraniegos fueron verdaderamente mucho más duros que los del invierno. La mayor parte de los trabajos estaban asociados a las obras de ingeniería. Los reclusos tenían que edificar, cavar la tierra y poner ladrillos. Otros se ocupaban de tareas de cerrajería, carpintería y pintura en la restauración de los edificios públicos. Un tercer grupo iba a una fábrica a hacer ladrillos. Este último trabajo era considerado el más pesado entre nosotros. La fábrica se hallaba a tres o cuatro verstas de la fortaleza. Cada día, durante todo el verano, a eso de las seis de la mañana, un grupo de unos cincuenta hombres marchaba a fabricar ladrillos. Para este trabajo escogían a peones, es decir, a reclusos que no eran artesanos ni estaban asignados a un taller concreto. Llevaban consigo el pan, porque debido a la distancia no parecía conveniente regresar a la prisión para el almuerzo, lo cual habría supuesto ocho verstas de más, y comían ya por la tarde, al volver al penal. Se fijaba la tarea para todo el día, y era de tal magnitud que un recluso apenas podía cumplirla en una jornada completa de trabajo. En primer lugar, era preciso cavar y retirar la arcilla, traerse cada uno el agua que necesitaba, pisotear la arcilla en una fosa especial y, finalmente, hacer con ella una gran cantidad de ladrillos, me parece que unos doscientos, si es que no llegaban a los doscientos cincuenta. Yo sólo tuve que ir dos veces a la fábrica. Los que iban regresaban al atardecer, muy cansados, agotados, y durante todo el verano les echaban en cara a los demás que a ellos les tocaba el trabajo más duro. Eso, al parecer, les servía de consuelo. Pese a todo, no faltaban algunos que iban de buena gana: en primer lugar, porque el trabajo se hacía fuera de la ciudad; era un sitio al aire libre, donde uno podía estar a sus anchas, a orillas del Irtish. Cuando menos, mirar alrededor era un placer: ¡no se veía la rutina de la fortaleza! Además se podía fumar libremente, y hasta podía uno tumbarse media horita con gran placer. En cuanto a mí, seguía yendo como antes al taller, o al alabastro, o bien era empleado en el acarreo de ladrillos en las obras. En relación con esto último, en una ocasión me tocó acarrear ladrillos desde la orilla del Irtish hasta un barracón en construcción, a unos setenta sazhen de distancia, atravesando el terraplén de la fortaleza, y este trabajo duró unos dos meses seguidos. Me llegó a gustar, a pesar de que la cuerda con la que llevaba la carga me hacía una rozadura continua en los hombros. Pero lo que me gustaba era que gracias al trabajo mis fuerzas aumentaban de forma visible. Al principio sólo podía llevar de una vez hasta ocho ladrillos, cada uno de ellos de unas doce libras. Pero después llegué hasta los doce y aun hasta los quince ladrillos, lo cual me alegraba mucho. En el presidio, la fuerza física es tan necesaria como la moral para soportar todas las incomodidades materiales de esa vida maldita.


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