Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Qué pasa, que tú has untado a alguno? —dice despectivamente Baklushin, que acaba de entrar—. ¿Has visto siquiera un general alguna vez?
—Pues claro que he visto.
—Mientes.
—Tú sà que mientes.
—Muchachos, si de verdad ha visto a alguno, que nos diga ahora mismo a qué general conoce. Venga, dilo, porque yo me conozco a todos los generales.
—He visto al general Siebert —responde Kvásov, vacilante.
—¿A Siebert? Ese general no existe. Será que algún Siebert te miró un momento por la espalda; a lo mejor era un teniente coronel, y tú, del miedo, creÃste que era un general.
—Que no; vosotros escuchadme —grita Skurátov—, que soy un hombre casado. Claro que habÃa un general asà en Moscú: Siebert, alemán de origen, pero ruso. Todos los años se confesaba con un pope ruso, para la fiesta de la Asunción, y no bebÃa más que agua, como si fuera un pato. Se bebÃa cada dÃa cuarenta vasos de agua del Moscova. Según decÃan, el agua le servÃa para tratarse de no sé qué enfermedad; me lo dijo su propio ayuda de cámara.
—Con tanta agua, seguro que criaba ranas en la tripa —comentó el recluso de la balalaika.