Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Pero no se ha casado: le mostraron el camino de la calle; demasiado pobre, por lo visto. ¡Bonito novio! No tiene más que lo puesto. En Pascua le desplumaron jugando a las cartas. Fedka lo ha contado.

—Sí, es de esos que, sin gastar, lo pierden todo.

—Ay, amigo, yo también estuve casado. ¡Mal asunto es casarse para un pobre! Te casas, y hasta la noche se te hace corta —señala Skurátov, que se acaba de sumar a la conversación.

—¡Claro, hombre! De ti estábamos hablando —comenta el joven descarado, antiguo escribiente—. Y tú, Kvásov, escucha bien lo que te digo, eres un auténtico majadero. Pero ¿tú te crees que el mayor puede untar a un general como ése, y que un general así va a venir de Petersburgo expresamente para inspeccionar al mayor? Mira que eres tonto, chico, ya te digo.

—Pero, bueno, ¿es que, por ser general, ya no va a aceptar regalos, o qué? —replica con escepticismo alguno del grupo.

—Seguro que no los acepta, pero, si los acepta, serán de los gordos.

—Claro, como corresponde a su grado.

—Un general siempre pilla algo —afirma Kvásov categóricamente.


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