Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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La noticia desató una agitación extraordinaria. Durante un cuarto de hora se suceden las preguntas: pero ¿qué general es ése?, ¿general de qué?, ¿de qué grado?, ¿superior a los generales de aquí? Los grados, los jefes, quién es superior a quién, quién puede destituir a quién y quién de ellos tiene que someterse: sobre todos estos temas les encanta charlar a los reclusos; incluso discuten y se insultan por los generales, llegando casi a las manos. A primera vista, no se entiende ese interés. Pero resulta que a través del conocimiento minucioso de los generales y de los oficiales de todo tipo se puede medir el grado de sabiduría, de inteligencia y de importancia de cada cual en la sociedad, antes de su ingreso en prisión. Normalmente, las conversaciones sobre autoridades superiores se consideran las más distinguidas y trascendentales en el penal.

—Parece que la cosa va en serio, compañeros, van a cambiar al mayor —observa Kvásov, un hombrecillo colorado, fogoso y absolutamente incoherente. Él había sido el primero en dar la noticia sobre el mayor.

—¡Seguro que soborna a alguien! —replica con una voz entrecortada el recluso canoso, que ya había acabado con su plato de schi.

—Y vaya si puede sobornar —dice otro—. ¡Con todo lo que ha pillado! Antes de venir aquí, mandaba un batallón. Hace bien poco quería casarse con la hija de un protopope[80].


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