Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Pero ¿tú a quién quieres quejarte?
—¿A quién? Al mismÃsimo levisor[79] que va a venir.
—¿A qué levisor?
—Pues es verdad, compañeros, que va a venir un levisor –dice un muchacho espabilado, que sabe leer y escribir, escribiente de oficio, y que ha leÃdo La duquesa de La Vallière o algo por el estilo. Es un bromista que siempre está animado, pero le respetan por sus conocimientos y su experiencia. Sin hacer caso a la curiosidad general suscitada por el futuro inspector, se va directamente a la cocinera, o sea, al de cocina, y le pregunta si hay hÃgado. Nuestras cocineras traficaban a menudo con esta clase de cosas. Compraban, por ejemplo, un gran trozo de hÃgado con su propio dinero, lo preparaban y lo vendÃan en porciones a los reclusos.
—¿De un grosh o de dos? —pregunta la cocinera.
—Que sea de dos, ¡asà me tendrán envidia! —responde el preso—. Un general, compañeros, todo un general viene desde Petersburgo; va a inspeccionar toda Siberia. Es seguro. Lo dijeron en casa del comandante.