Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Y quién iba a echarle? —grita uno—. No temas: tiene buenas agarraderas, ya sabrá aguantar.
—¡Siempre habrá otros que estén por encima de él, digo yo! —replica otro, un tipo vehemente y nada tonto, con mucha experiencia, aunque aficionado a discutir como el que más.
—¡Un cuervo no le saca los ojos a otro! —observa un tercero en tono sombrÃo, como hablando para sus adentros; es un individuo ya canoso, que está dando cuenta de su schi, retirado en un rincón.
—¿Y te crees que los que están por encima de él van a venir a preguntarte si tienen que quitarle? —añade indiferente un cuarto, rasgueando ligeramente la balalaika.
—¿Y por qué no? —replica enfurecido el segundo—. La gente humilde no pide otra cosa, asà que, si empiezan a hacer preguntas, ya podéis declarar todos. Porque aquà me parece que se grita mucho, pero, a la hora de la verdad, todo el mundo se echa atrás.
—Pero ¿qué te creÃas? —dice el de la balalaika—. Asà son los presidios.
—Pero el otro dÃa —continúa el discutidor, sin escuchar en su acaloramiento—, sobró algo de harina. Recogimos los restos, una cantidad insignificante, y los mandamos a vender. Pues no pudo ser, porque se enteró; uno le fue con la noticia; nos lo confiscaron: por economÃa, según decÃan. ¿Creéis que hay derecho?