Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Por otra parte, si me gustaba llevar ladrillos no era sólo porque con este trabajo fortalecía mi cuerpo, sino también porque el trabajo tenía lugar en la orilla del Irtish. La razón de que mencione tan a menudo esta orilla es porque era el único lugar desde donde se podía ver el mundo creado por Dios, los horizontes puros y despejados, las estepas libres, despobladas, que me producían una extraña impresión por su absoluta soledad. Sólo en la orilla se podía uno colocar de espaldas a la fortaleza y no tenerla a la vista. Los demás lugares de trabajo se hallaban todos dentro de la fortaleza o muy cerca de ella. Desde los primeros días odié esa fortaleza, especialmente ciertos edificios. La residencia de nuestro mayor me parecía un sitio maldito y repulsivo, y siempre que pasaba junto a ella la miraba con aversión. En cambio, en la orilla era posible olvidarse de todo: contemplabas aquella extensión desierta, inacabable, como el prisionero contempla la libertad desde la ventana de su celda. Allí todo me era querido y grato: el sol cálido y brillante en el azul insondable del cielo y la remota canción del kirguiz que me llegaba desde la orilla opuesta. Si pasabas un buen rato mirando, acababas por distinguir alguna humilde yurta[77], ennegrecida por el humo, perteneciente a algún baigush[78]; distinguías la pequeña columna de humo de la yurta, y a la kirguiz atareada con su pareja de carneros. Todo aquello era pobre y salvaje, pero libre. Distinguías un pájaro en el aire azul y transparente, seguías su vuelo durante un largo rato, con insistencia: tan pronto rozaba la superficie del agua como desaparecía en el azul o volvía a mostrarse como un punto fugaz… Hasta una triste florecilla mustia que hallé a comienzos de la primavera en una grieta de la orilla rocosa atrajo dolorosamente mi atención. Durante todo aquel primer año de presidio la tristeza era insoportable y me producía irritación y amargura. Por culpa de esa tristeza, aquel año no me di cuenta de muchas de las cosas que pasaron a mi alrededor. Cerraba los ojos y no quería fijarme en nada. Entre mis compañeros de presidio malvados y odiosos, yo no reparé en las buenas personas, en quienes eran capaces de pensar y de sentir a pesar de la corteza repulsiva que les recubría. Entre las palabras hirientes, no supe apreciar en ningún momento la palabra amigable y cordial, tanto más valiosa puesto que no la dictaba interés alguno, sino que a menudo procedía directamente de un alma que acaso había sufrido y soportado más que la mía. Pero para qué extenderse sobre esta cuestión… Yo me alegraba sobremanera cuando me sentía tremendamente cansado al regresar al penal: ¡tal vez así podría dormir! Porque en verano dormir allí era un suplicio, casi peor aún que en invierno. Es cierto que los atardeceres eran a veces deliciosos. El sol, que no había dejado de dar en todo el día en el patio de la prisión, por fin se iba poniendo. Empezaba a hacer fresco, y caía después la noche de la estepa, casi fría en comparación. Los reclusos, mientras esperaban a que cerraran las puertas, solían pasear en grupos por el patio. Aunque la mayoría se agolpaba en la cocina. Allí siempre se suscitaba algún debate esencial para la vida en el penal: se discutía sobre esto y aquello, se analizaban a veces ciertos rumores, frecuentemente absurdos, pero que despertaban un interés especial en estas personas separadas del mundo. Así surgió, por ejemplo, la noticia de que a nuestro mayor le iban a destituir. Los reclusos eran ingenuos como niños, ellos mismos sabían que la noticia era absurda, que la había difundido un charlatán famoso por sus despropósitos, el preso Kvásov, al que habían decidido hacía ya tiempo no dar crédito, pues cada palabra suya era una mentira; y, sin embargo, todos se aferraban a la noticia, hacían juicios y comentarios, se recreaban, para acabar finalmente por enfadarse consigo mismos y por avergonzarse de haber creído a Kvásov.