Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En el primer capítulo de las Memorias de la casa muerta se dijeron algunas palabras sobre un parricida, de origen noble. Entre otras cosas, se le citó como ejemplo de la insensibilidad con la que a veces los reclusos se refieren a los crímenes que han cometido. También se dijo que el asesino no había confesado su crimen ante el tribunal, pero que, a juzgar por los relatos de las personas que conocían todos los detalles del asunto, los hechos resultaban hasta tal punto claros que era imposible no creer en su culpabilidad. Estas mismas personas le contaron al autor de las Memorias que la conducta del criminal era totalmente disoluta, que había contraído deudas y había matado a su padre por el afán de hacerse con la herencia. Además, toda la ciudad donde había servido anteriormente el parricida contaba la historia de idéntica forma. Sobre este último hecho, el editor de las Memorias cuenta con testimonios bastante fiables. Por último, en las Memorias se dice que en el penal el asesino mostraba siempre un estado de ánimo excelente, de lo más alegre; que era un individuo extravagante, superficial, irreflexivo en grado sumo, aunque de ningún modo estúpido, y que el autor nunca había apreciado en él ninguna clase de crueldad particular. Y allí mismo se añadían las siguientes palabras: «Como es natural, yo no creía en ese crimen».