Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Ya he contado antes cómo pude finalmente aceptar mi situación en el presidio. Pero éste «finalmente» llegó de un modo muy difícil y doloroso, demasiado lentamente. En realidad, necesité casi un año para lograrlo, y ese año fue el más duro de toda mi vida. Por eso, se ha grabado por entero en mi memoria. Creo que puedo recordar cada hora de ese año, y emplazarla con toda exactitud. También he dicho que otros reclusos tampoco podían habituarse a esta vida. Recuerdo que en ese primer año a menudo hacía las siguientes reflexiones: «¿Y ellos? ¿Acaso ellos han podido habituarse? ¿Habrán conseguido serenarse?». Estas cuestiones me preocupaban enormemente. Ya he mencionado que los reclusos no vivían allí como instalados en su casa, sino como si estuvieran en una posada, de viaje, en una etapa cualquiera del camino. Incluso las personas deportadas de por vida se mostraban inquietas o sentían nostalgia, y todos ellos, inevitablemente, soñaban con algo prácticamente imposible. Aquella incesante inquietud, expresada sin palabras, pero que resultaba evidente; aquel ardor y aquella impaciencia singulares nacidos de esperanzas que a veces se manifestaban involuntariamente, que en ocasiones eran tan infundadas que parecían puro delirio y que a menudo permanecían vivas —y esto era lo más asombroso— en las mentes aparentemente más prácticas; todo esto daba un aspecto y una personalidad nada comunes a este lugar, y casi se podría decir que eran precisamente tales rasgos los que constituían su propiedad más característica. Se tenía la impresión, casi desde el primer vistazo, de que fuera del presidio no había nada semejante. Allí no había más que soñadores, cosa que saltaba a la vista. Eso producía una sensación dolorosa, justamente porque aquel espíritu soñador comunicaba a la mayor parte del presidio un aire taciturno y sombrío, un aire malsano, en cierto modo. La inmensa mayoría era callada y rencorosa hasta el odio, y evitaba delatar sus esperanzas. La ingenuidad, la franqueza, eran tratadas con desprecio. Cuanto más quiméricas fueran las esperanzas, cuanto más sintiera el propio soñador que lo eran, con más tenacidad y más pudor las ocultaba en su interior, pero no era capaz de renunciar a ellas. Tal vez, quién sabe, algunos se avergonzaban de ellas en su fuero interno. En el carácter ruso hay tanto sentido de la realidad y rigor en las opiniones, como espíritu de burla interior de uno mismo… Es posible que esta permanente y oculta insatisfacción estuviera en el fondo de toda la impaciencia que aquellas personas exhibían en sus relaciones cotidianas, de tanta intolerancia y de tanta ironía recíproca. Y si, por ejemplo, uno de ellos, algo más ingenuo y más ansioso, se adelantaba de improviso y expresaba en voz alta aquello que todos tenían en la cabeza, y se lanzaba abiertamente a manifestar sus sueños y esperanzas, a ése, de inmediato, de un modo grosero, le arrinconaban, le interrumpían y se burlaban de él; pero tengo la impresión de que los perseguidores más celosos eran precisamente quienes tal vez habían ido más lejos que él en sus sueños y esperanzas. Como ya he dicho, a las personas ingenuas, sin malicia, en general se las tenía sencillamente por unos imbéciles que no merecían más que el desprecio. Allí todos eran tan sumamente distantes, estaban tan llenos de amor propio, que llegaban a despreciar al individuo bondadoso, carente de ese amor propio. Aparte de esos parlanchines ingenuos y más bien simples, para todos los demás, es decir, para los poco habladores, se podría establecer una división tajante entre buenos y malos, entre sombríos y luminosos. Los sombríos, los malvados, eran los más numerosos, sin comparación; si entre ellos se encontraba alguno que por su naturaleza era más dado a conversar, seguro que se trataba de un chismoso infatigable y de un envidioso inquietante. Se entrometían en todo lo ajeno, y, sin embargo, ellos nunca ponían al descubierto su alma, sus secretos. Eso no estaba de moda, no era lo adecuado. Los buenos eran un grupo muy pequeño; eran tranquilos, callados, guardaban para sí sus esperanzas más firmes, y tendían más que los sombríos, desde luego, a tener fe y a confiar en esas esperanzas. Además, creo que había en el penal otra categoría: la de los totalmente desesperados. Era el caso, por ejemplo, del viejo de Starodub; de todos modos, su número era muy reducido. El viejo tenía un aspecto tranquilo (ya he hablado de él), pero, a juzgar por ciertos indicios, es de suponer que su estado espiritual sería espantoso. Por otra parte, tenía una tabla de salvación, una salida: la oración y la idea del martirio. Seguramente, también formaba parte del grupo de los desesperados, de quienes habían abandonado la última esperanza, aquel recluso enloquecido, lector empedernido de la Biblia, al que también me he referido en otro lugar, y que se lanzó contra el mayor con un ladrillo; sin embargo, como no es posible vivir sin alguna clase de esperanza, concibió su propia salida, que era la del martirio voluntario, casi artificial. Declaró que se había arrojado sobre el mayor sin rencor alguno, movido tan sólo por el deseo de recibir el suplicio. ¡Quién sabe qué proceso psicológico se habría verificado entonces en su alma! Sin una meta, sin la ambición de alcanzarla, no puede vivir ningún hombre vivo. Al quedarse sin meta y sin esperanzas, el ser humano, presa de la tristeza, se convierte muchas veces en un monstruo… La meta de todos los reclusos era la libertad y la salida del presidio.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker