Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Un suboficial del penal, que desempeñaba la función de sargento primero, salió de inmediato, asustado. Una vez formados, los hombres le rogaron cortésmente que le dijera al mayor que todo el presidio deseaba hablar con él y plantearle personalmente una serie de puntos. Detrás del suboficial salieron todos los inválidos, que quedaron formados en el otro lado, enfrente de los presidiarios. El encargo que había recibido el suboficial era excepcional y le llenó de temor. Pero no se atrevía a no transmitírselo inmediatamente al mayor. En primer lugar, porque, si el penal ya se había levantado, todavía podía ocurrir algo peor. Todos nuestros superiores eran, en lo tocante al penal, de una cobardía extrema. En segundo lugar, porque, incluso si no pasaba nada y todo el mundo entraba en razón y se dispersaba, en cualquier caso un suboficial tendría que informar de inmediato a sus superiores de todo lo ocurrido. Pálido y temblando de miedo, se fue a toda prisa en busca del mayor, sin intentar siquiera interrogar o exhortar a los reclusos. Veía que en ese momento no tenían intención de ponerse a hablar con él.