Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—De verdad, ¿para qué has venido? ¡Lárgate al barracón! —dijo un muchacho joven, un preso militar con el que no había tenido ningún trato, y que era un tipo bueno y tranquilo.

—Como estaban formando —le respondí—, pensé que había algún control.

—¡Fijaos, ha venido arrastrándose! —gritó uno.

—Pico de hierro —soltó otro.

—¡Espachurramoscas[92]! –exclamó un tercero con indecible desprecio. Aquel nuevo mote suscitó una carcajada general.

—Le han destinado a la cocina para hacerle un favor —añadió otro más.

—Para ellos, todos los sitios son un paraíso. Están en presidio, pero comen bollos y compran cochinillos. Tú eres de los que comen de lo que compran, no sé qué andas buscando aquí.

—No es éste un sitio adecuado para usted —dijo Kulikov, viniendo hacia mí con desenvoltura; me cogió del brazo y me sacó de la formación.


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