Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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También él estaba pálido, sus ojos negros echaban chispas y se mordía el labio inferior. No conservaba la sangre fría mientras esperaba al mayor. Por cierto: a mí me encantaba observar a Kulikov en todas las situaciones de ese tipo, es decir, siempre que las circunstancias le obligaban a exhibirse. Sabía aparentar mejor que nadie, pero también actuaba. Creo que hasta a su propia ejecución habría ido con elegancia, hecho un dandi. En ese momento, cuando todos me tuteaban y me insultaban, él ponía todo su empeño en subrayar su deferencia hacia mí, al tiempo que sus palabras tenían una fuerza especial, y hasta cierta arrogancia, que excluía la posibilidad de réplica.

—Nosotros estamos aquí para tratar de nuestros asuntos, Alexánder Petróvich, y usted, en cambio, no tiene nada que hacer. Vaya a cualquier parte, aguarde… Todos los suyos están en la cocina, vaya allí.

—¡Al quinto infierno, allí tendrías que ir tú! —corrigió alguien.

A través de la ventana entreabierta de la cocina pude distinguir efectivamente a nuestros polacos; me pareció, por cierto, que allí había mucha más gente además de ellos. Desconcertado, me fui a la cocina. Las risas, los improperios y los golpeteos (que entre los reclusos sustituían a los silbidos) resonaron a mi paso.

—¡No les ha gustado! ¡Vaya, vaya! ¡Ahí lo tienes!…


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