Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Hasta ese momento nunca me habÃa sentido tan humillado en el penal, y aquella vez la situación era para mà verdaderamente dura. HabÃa llegado mi peor momento. En la entrada de la cocina me encontré con T…wski[93], de la nobleza, un joven firme y magnánimo, sin una gran instrucción y que apreciaba tremendamente a B…ski. Los presidiarios le distinguÃan de todos los demás e incluso en parte le estimaban. Era valiente, viril y fuerte, y eso se manifestaba en todos sus gestos.
—¡Eh, Goriánchikov —me gritó—, venga aquÃ!
—Pero ¿qué está pasando?
—Están presentando una reclamación, ¿no lo sabÃa? Por supuesto, no les van a conceder nada, ¿quién iba a creer a unos presidiarios? Empezarán a buscar a los instigadores, y, si nosotros estuviéramos ahÃ, se entiende que serÃamos los primeros en cargar con la acusación de rebelión. Recuerde por qué motivo nos han traÃdo aquÃ. A ellos simplemente les molerán a palos, pero a nosotros nos formarÃan un consejo de guerra. El mayor nos odia y estarÃa encantado de buscarnos la ruina. Él mismo se justificará a costa nuestra.
—SÃ, y los presidiarios le entregarán nuestras cabezas —añadió M…cki, una vez que entramos en la cocina.
—¡Descuide, que no se apiadarán! —continuó T…wski.