Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En la cocina, además de los nobles, había bastante más gente, unos treinta hombres en total. Todos ellos se habían mantenido al margen, ya que no querían manifestar su queja, unos por cobardía, otros porque estaban absolutamente convencidos de que cualquier protesta era totalmente inútil. Allí estaba Akim Akímich, enemigo acérrimo y natural de todo clase de protestas de esa índole, que pudieran alterar el normal discurrir del servicio y de las buenas costumbres. Esperaba en silencio y con absoluta tranquilidad la conclusión del asunto, sin inquietarse en lo más mínimo por su desenlace, totalmente persuadido, por el contrario, del ineluctable triunfo del orden y la autoridad. También Isái Fómich estaba allí, perplejo sobremanera, con la cabeza baja, muerto de miedo, escuchando con toda atención nuestra conversación. Estaba enormemente intranquilo. Estaban también todos los presidiarios polacos plebeyos, que se habían unido a los nobles. Había algunos tipos rusos tímidos, gente siempre callada y abatida. No se habían atrevido a sumarse al resto, y aguardaban con tristeza el desenlace. Por último, se veían algunos reclusos taciturnos, siempre severos, gente nada tímida. Éstos se habían quedado por su convencimiento obstinado y desdeñoso de que todo eso no era más que una estupidez y de que nada bueno podía salir de ahí. Pero creo que de todos modos en aquel momento no las tenían todas consigo, no se les veía tan seguros. Y comprendían que, aunque tuvieran razón en lo de la reclamación, como luego efectivamente se comprobaría, de todos modos reconocían que habían roto en cierto sentido con el grupo, y era como si hubieran puesto a sus camaradas en manos del mayor. También apareció por allí Yolkin, aquel astuto mujik siberiano que había llegado al presidio por un asunto de falsificación de moneda y, como veterinario, se había quedado con la clientela de Kulikov. El viejo de Starodub estaba también allí. Las cocineras, sin dudarlo, se habían quedado unánimemente en la cocina, muy probablemente con el convencimiento de que formaban parte de la Administración, y en consecuencia no estaría bien oponerse a ella.