Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Aunque han sido desposeídos de todos sus privilegios y equiparados en todo a los demás reclusos, éstos no llegan nunca a reconocerlos como camaradas. No se trata de una prevención deliberada, sino de algo que ocurre de modo sincero e inconsciente. Realmente nos consideraban nobles, pero se complacían en hostigarnos por nuestra caída.
—¡No, se acabó! ¡Espera un poco! Hace poco Piotr cruzaba triunfal Moscú, hoy va atado a la cuerda —y decían otras cosas igualmente amables.
Les gustaba contemplar nuestro sufrimiento, y nosotros tratábamos de ocultárselo. Al principio lo pasábamos muy mal en el trabajo porque no teníamos tanta fuerza como ellos y porque no podíamos serles de gran ayuda. Nada hay tan difícil como ganarse la confianza de la gente (sobre todo de aquélla) y merecer su afecto.
En el presidio había algunos nobles. En primer lugar, cinco polacos. De ellos hablaré en otra ocasión. Los presos detestaban a los polacos, más, incluso, que a los nobles rusos deportados. Los polacos (me refiero solamente a los presos políticos) nos trataban con una cortesía exquisita, humillante, se mostraban muy reservados y jamás podían disimular su desprecio a los presos; éstos lo comprendían muy bien y les pagaban con la misma moneda.