Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Poco después del relevo del mayor, se produjeron transformaciones radicales en nuestra prisión. Dejó de existir como presidio destinado a trabajos forzados, y en su lugar se instituyó una compañía disciplinaria dependiente de la Administración militar, según el modelo de las compañías disciplinarias en Rusia. Eso implicaba que ya no iban a enviarnos más deportados destinados a trabajos forzados de segunda categoría. A partir de entonces, empezaría a poblarse únicamente con presos militares, personas que, por tanto, no habían sido privadas de los derechos propios de su condición, que seguían siendo soldados como los demás soldados, sólo que castigados, que vendrían con condenas cortas (hasta un máximo de seis años) y que al salir de prisión reingresarían en sus batallones como soldados rasos, lo mismo que eran antes. No obstante, los que regresaban a la prisión por haber reincidido en sus delitos eran condenados, como sucedía anteriormente, a veinte años. Lo cierto es que ya antes de esta reforma había en nuestro penal una sección de presos militares, pero vivían con nosotros, a falta de un lugar especial para ellos. Ahora todo el penal se había convertido en una sección militar de ese tipo. Por supuesto, los deportados que ya estaban en la prisión, los auténticos condenados a trabajos forzados, los civiles despojados de todos sus derechos, marcados y con la cabeza rapada, se quedaron hasta cumplir íntegramente sus condenas; como no llegaban otros nuevos, y los que habían permanecido allí iban cumpliendo poco a poco sus condenas y salían, en unos diez años en nuestro penal no quedaría ni uno solo de estos presidiarios. También se mantuvo la sección especial, a la que de vez en cuando enviaban a grandes criminales sometidos a la administración militar, en espera de que se abriera en Siberia un centro destinado a los trabajos forzados más duros. De esa manera, nuestra vida continuó siendo esencialmente la misma de antes: idéntico modo de vida, idéntico trabajo y casi idéntica reglamentación; únicamente el sistema de mandos había cambiado y se había hecho más complejo. Habían puesto a un jefe militar al mando de la compañía, y junto a él había cuatro oficiales que se relevaban al frente de la guardia de la prisión. También desaparecieron los inválidos; sus funciones las desempeñaban doce suboficiales y un furriel. Los hombres fueron encuadrados en grupos de diez, y se designaron cabos entre los propios reclusos, de forma nominal, se entiende, y ni que decir tiene que Akim Akímich fue nombrado cabo a las primeras de cambio. Toda esta nueva organización y toda la prisión, con su personal y sus presos, siguieron como antes bajo el mando del comandante como jefe superior. Y eso es todo lo que ocurrió. Como es lógico, al principio los reclusos se preocuparon mucho, comentaban la situación e intentaban adivinar y descifrar quiénes serían los nuevos superiores; pero cuando vieron que en el fondo todo seguía como siempre, se tranquilizaron enseguida y nuestra vida continuó discurriendo por los cauces habituales. Pero lo más importante de todo es que se habían librado del antiguo mayor; todos se sentían relajados, con nuevos ánimos. Ya no se veían las caras asustadas de antes; todos sabían ahora que, en caso de necesidad, siempre podrían explicarse con sus superiores y que, salvo error, ya no pagarían justos por pecadores. Incluso se seguía vendiendo vodka de la misma forma y en idénticas condiciones que en el pasado, a pesar de que los inválidos de antes hubieran sido sustituidos por suboficiales. Éstos demostraron ser en su mayoría personas honradas y sensatas, que sabían cuál era su sitio. Bien es verdad que hubo algunos que, al principio, manifestaron cierta tendencia a fanfarronear y, sin duda por culpa de su inexperiencia, creyeron que podían tratar a los reclusos como soldados. Pero pronto también ellos se hicieron cargo de la situación. A algunos, los que más tardaban en enterarse, fueron los propios presos quienes les hicieron ver el fondo de la cuestión. Hubo conflictos bastante serios: por ejemplo, engatusaban a un suboficial, le hacían beber, y después le explicaban, a su modo, claro, que había bebido con ellos y que por lo tanto… Así que al final los suboficiales veían con indiferencia o, más bien, hacían todo lo posible por no ver cómo pasaban los odres y se vendía vodka. Y no sólo eso: al igual que antes hacían los inválidos, iban al mercado y les traían a los reclusos roscas de pan, carne de vaca y cosas así, que pudieran pasar más o menos desapercibidas. Lo que no sé es a qué se debieron todos aquellos cambios, por qué se creó la compañía disciplinaria. Todo esto sucedió en los últimos años de mi condena. Pero todavía tenía que vivir dos años con aquel nuevo régimen…