Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta ¿Debería contar toda esa vida, todos mis años en prisión? No lo creo. Si fuera presentando por orden, consecutivamente, todo lo que ocurrió, todo lo que vi y experimenté en aquellos años, podría escribir, por descontado, tres o cuatro veces más capítulos de los que ya llevo escritos. Pero esa clase de descripción acaba por resultar, inevitablemente, demasiado monótona. Todos los episodios tendrían un aire excesivamente familiar, sobre todo si el lector ha podido ya, a partir de los capítulos precedentes, formarse una idea medianamente cabal de la vida de los condenados a trabajos forzados de la segunda categoría. Mi intención era la de presentar todo nuestro presidio y todo lo que yo viví en el curso de esos años en un cuadro nítido e intenso. No sé si lo habré conseguido. En buena medida, no me corresponde a mí juzgarlo. Pero estoy convencido de que podría darlo ya por terminado. Por si fuera poco, yo mismo empiezo a ser presa del tedio al abordar estos recuerdos. Además, es muy dudoso que sea capaz de recordarlo todo. Los años siguientes parecen haberse borrado de mi memoria. Estoy seguro de que muchas circunstancias las he olvidado completamente. Recuerdo, por ejemplo, que todos aquellos años, tan semejantes en el fondo, pasaron lentamente, tristemente. Recuerdo que aquellos días largos y aburridos eran tan monótonos como el agua que gotea de un tejado después de la lluvia. Recuerdo que tan sólo el anhelo de resurrección, de renovación, de una vida nueva me dio la fuerza para esperar y confiar. Y por fin me hice fuerte: esperaba, descontaba cada día que iba pasando y, aunque aún me quedaran mil días, disfrutaba al descontar uno más, lo despedía y lo enterraba, y al llegar el nuevo día me sentía feliz, porque ya no me quedaban mil días, sino novecientos noventa y nueve. Recuerdo que en todo ese tiempo, a pesar de los centenares de camaradas, permanecí en un aislamiento terrible, y acabé por amar ese aislamiento. En mi soledad espiritual, me dedicaba a revisar toda mi vida anterior, examinando hasta el último detalle, y reflexionaba profundamente acerca de mi pasado; a solas, me juzgaba a mí mismo implacablemente, con toda severidad, y en ocasiones llegaba a bendecir el destino por haberme enviado esa soledad, sin la cual no habría sido posible ni ese juicio sobre mí mismo ni esa revisión tan estricta de mi vida anterior. ¡Y qué esperanzas animaban entonces los latidos de mi corazón! Entonces creía, decidía, me prometía a mí mismo que en el resto de mi vida ya no se repetirían los errores, las caídas, que antes había habido. Me trazaba un programa para toda mi vida futura, resuelto a seguirlo firmemente. En mí renacía una fe ciega: yo cumpliría todo aquello, yo podía cumplirlo… Esperaba, llamaba a la libertad para que se apresurase; quería someterme a nuevas pruebas, en un nuevo combate. Por momentos, una impaciencia febril me dominaba… Pero ahora me resulta doloroso evocar mi estado de ánimo de aquel entonces. Naturalmente, todo esto no me concierne más que a mí… Pero si lo he anotado ha sido porque, en mi opinión, cualquiera puede comprenderlo, ya que a cualquiera le ocurriría lo mismo si fuera a parar a una prisión por cierto tiempo, en la flor de sus años y de sus fuerzas.