Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Los nobles rusos, sin contarme a mí, eran cuatro. Uno era un ser vil y despreciable, sumamente depravado, espía y delator de profesión. Oí hablar de él antes de llegar al presidio y desde los primeros días corté toda clase de relación. Otro era el parricida al que ya he mencionado. El tercero era Akim Akímich; pocas veces he visto a un tipo tan raro como el tal Akim Akímich. Ha quedado grabado vivamente en mi memoria. Era alto, enjuto, poco inteligente, terriblemente iletrado, discutidor en grado sumo y escrupuloso como un alemán. Los reclusos se reían de él, y algunos incluso tenían miedo de tratarle por su carácter quisquilloso, discutidor y pendenciero. Nada más llegar empezó a tratarles sin miramientos, insultándoles y hasta peleándose con ellos. Era de una honradez fenomenal. Si observaba una injusticia, intervenía al instante, aunque no tuviera nada que ver con él. Era extremadamente ingenuo: discutiendo, por ejemplo, con los presos, les reprochaba que fuesen ladrones e intentaba convencerles en serio de que no robaran. Había servido en el Cáucaso, como alférez. Congeniamos desde el primer día y enseguida me contó su caso. Había comenzado en el Cáucaso, como cadete, en un regimiento de infantería. Trabajó de firme mucho tiempo y finalmente fue ascendido a oficial y destinado a un fuerte como jefe. Un príncipe vecino, sometido a los rusos, prendió fuego a la fortaleza y llevó a cabo un ataque nocturno, que fracasó. Akim Akímich, astutamente, fingió desconocer al culpable. Se atribuyó el incidente a los insurrectos y, al cabo de un mes, invitó amistosamente al príncipe como huésped. Éste acudió sin sospechar nada. Akim Akímich mandó formar a su tropa; delante de todos denunció al príncipe y le reprochó su proceder, demostrándole que había sido una ignominia prender fuego al fortín. Acto seguido le leyó una instrucción detallada de cómo deben comportarse los príncipes sometidos a los rusos y, como colofón, lo mandó fusilar, de lo cual inmediatamente informó con todo detalle a sus superiores. Por todo ello fue juzgado y condenado a muerte, pero conmutaron la sentencia por doce años de trabajos forzados de segundo grado, en una fortaleza de Siberia. Reconocía plenamente que había actuado de manera incorrecta, y me declaró que antes de fusilar al príncipe sabía que un príncipe sometido debía ser juzgado según la ley. Sin embargo, a pesar de que lo supiera, daba la impresión de que de ninguna manera podía entender cuál era en realidad su culpa.


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