Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Aquel primer dÃa de mi vida de presidio hice una observación que, más adelante, reconocà como cierta: todos los que no eran presos, fuesen quienes fuesen, empezando por quienes tenÃan relación directa con ellos —los soldados de la escolta, los de la guardia y, en general, todos los que tenÃan algo que ver con la vida de presidio—, los vigilaban exageradamente. ParecÃa como si esperasen que, de un momento a otro, alguno se lanzase contra cualquiera de ellos con un cuchillo. Y, lo que es más notable, los propios reclusos se daban cuenta de que les tenÃan miedo, y eso les hacÃa parecer más osados. Sin embargo, el mejor jefe es precisamente aquel que no les teme. Además, por lo general, a pesar de la osadÃa, a los presos les resulta mucho más grato que se confÃe en ellos. De esa manera, se les puede ganar. En mi época de presidio, algunas veces, muy pocas, un jefe entró en el penal sin escolta. ¡HabÃa que ver qué impresión causaba eso a los reclusos, qué buena impresión les causaba! Un visitante tan valiente siempre suscitaba respeto y, si realmente podÃa producirse un incidente lamentable, no se producÃa en su presencia. El miedo que inspiran los presos existe dondequiera que hay presos y, en verdad, no sé exactamente a qué se debe. Es evidente que se basa en algo, empezando por el aspecto exterior de los presidiarios, delincuentes reconocidos; además, todo aquel que se acerca a un penal ve que toda esa gente no está allà reunida por su voluntad, y que, a pesar de todas las medidas, no es posible hacer de un hombre vivo un cadáver: conserva sus sentimientos, su sed de venganza y de vida, sus pasiones y la necesidad de satisfacerlas. Pero, a pesar de ello, estoy firmemente convencido de que no hay razón para tenerles miedo. Un hombre no se lanza tan rápida y fácilmente cuchillo en mano sobre otro. En una palabra, si puede existir peligro, si efectivamente lo hay, por la rareza de semejantes percances desdichados, se puede concluir directamente que es mÃnimo. Por supuesto, me refiero únicamente a los presos ya condenados, muchos de los cuales incluso están contentos de hallarse, por fin, en el penal (¡hasta tal punto es buena a veces una vida nueva!) y que, por consiguiente, están dispuestos a llevar una vida tranquila y pacÃfica; además, a los que están, desde luego, más inquietos, sus propios compañeros no les dejan ser muy osados. Cada preso, por muy atrevido e insolente que sea, tiene miedo de todo en el presidio. Un preso pendiente de juicio es otra cosa. Ése sà es capaz, por supuesto, de lanzarse sobre un desconocido sin motivo, sólo porque, por ejemplo, al dÃa siguiente debe recibir un castigo y, si se abre una nueva causa, la ejecución del castigo se aplaza. Ahà se encuentra el motivo, el fin de esa agresión: «cambiar su suerte» sea de la manera que fuere, y cuanto antes. Incluso conozco un extraño caso psicológico de este género.