Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Cuando cerraron nuestro barracón, éste adquirió de pronto cierto aspecto especial, como el de una vivienda verdadera, o el de un hogar. Sólo entonces pude ver a los reclusos, a mis compañeros, como si estuvieran en su casa. Durante el día, los suboficiales, los centinelas y las autoridades en general pueden presentarse en el presidio en cualquier instante; por eso, todos sus habitantes se comportan de otro modo, como si no estuvieran del todo tranquilos, como si de un momento a otro esperasen que ocurriera algo, y estuviesen alerta. Pero, en cuanto cerraron el barracón, cada cual se instaló tranquilamente en su sitio, y casi todos se pusieron a hacer algún trabajo manual. El barracón se iluminó de pronto. Cada preso tenía su vela y su palmatoria, en su mayoría de madera. Uno se puso a arreglar botas, otro a coser alguna prenda… El ambiente mefítico del barracón se enrarecía de hora en hora. Un grupo de juerguistas se sentó de cuclillas en un rincón y se puso a jugar a las cartas sobre una estera extendida. En casi todos los barracones había un preso que tenía un tapiz estropeado del tamaño de un arshin[29], una vela y una mugrienta baraja. A todo ello, en su conjunto, se le denominaba maidán. Su dueño cobraba de los jugadores unos quince kopeks por noche; ése era su negocio. Los jugadores solían jugar a las tres cartas, al monte, etc. Todos eran juegos de azar. Cada jugador ponía delante de él un montón de monedas de cobre, todo cuanto tenía en el bolsillo, y sólo se levantaba cuando lo había perdido todo o dejado sin blanca a sus compañeros. El juego se terminaba muy avanzada la noche y a veces se prolongaba hasta el amanecer, hasta el instante en que abrían el barracón. En el nuestro, como en todos los demás, había siempre mendigos, gente arruinada por el juego o por la bebida o, sencillamente, mendigos por naturaleza. Digo «por naturaleza», e insisto en esta expresión. En efecto, en todas partes de nuestro pueblo, en cualquier circunstancia, en cualquier situación, siempre existen y existirán individuos extraños, apacibles, y con frecuencia nada holgazanes, a los que la suerte ha predestinado a ser mendigos por los siglos de los siglos. Siempre viven solos, siempre van mal vestidos, siempre parecen estar intimidados por alguien, agobiados por algo, y eternamente están al servicio de alguien, hacen los recados de alguien, por lo general de los juerguistas o de los que súbitamente se enriquecen o ascienden de categoría. Cualquier comienzo, cualquier iniciativa supone para ellos una desgracia y una pesada carga. Parecen haber nacido con la condición de no emprender nada por sí mismos, sólo para servir a los demás, no vivir según su libre albedrío, bailar al son que les tocan. Su destino es hacer lo que otros mandan. Por añadidura, no hay circunstancia ni cambio alguno que puedan enriquecerles. Son siempre mendigos. He observado que tales individuos no se encuentran sólo entre el pueblo llano, sino en todos los medios, en todos los estamentos, partidos, revistas literarias y asociaciones. Pues eso mismo sucedía en cada barracón, en cada penal, y apenas se formaba el maidán, la timba, enseguida aparecía uno de ellos ofreciendo sus servicios. Es más: no podía haber maidán sin un sirviente. Solían contratarle entre todos los jugadores, para toda la noche, por cinco kopeks de plata, y su tarea principal consistía en permanecer de guardia toda la noche. La mayoría de las veces pasaba seis o siete horas en la oscuridad, junto a la entrada, a treinta grados bajo cero, atento a cualquier golpe, ruido o paso que sonase en el patio. El mayor o los centinelas aparecían en el penal bien entrada la noche y entraban sigilosamente y sorprendían a quienes jugaban o trabajaban a la luz de las velas, las cuales podían verse desde el patio. En todo caso, cuando comenzaba a rechinar la cerradura de la entrada, ya era demasiado tarde para recogerlo todo, apagar las velas y acostarse en el camastro. Pero, como el vigilante recibía después el castigo del maidán, tales contratiempos muy rara vez sucedían. Cinco kopeks constituyen, sin duda, una paga ridícula, incluso en el penal; y siempre me asombraron el rigor y la falta de piedad de los que encargaban algún servicio, no sólo en este caso, sino también en todos los demás. «¡Has cobrado, pues sirve!» Era un argumento que no admitía ninguna excusa. Por el grosh que había pagado, el patrón exigía todo lo exigible, e incluso más si podía, y aún consideraba que hacía un favor al asalariado. El juerguista, el borracho, que tiraba el dinero a diestro y siniestro, implacablemente robaba a su sirviente, y eso lo he observado no sólo en el presidio y no sólo en el maidán.