Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Cuando empezaba a oscurecer nos metían en los barracones, donde permanecíamos encerrados toda la noche. Siempre se me hacía duro volver del patio a nuestro barracón. Era una habitación de techo bajo, alargada y sofocante, débilmente alumbrada por dos velas de sebo, con un hedor pesado y asfixiante. No comprendo ahora cómo pude vivir en ella diez años. En el camastro corrido yo ocupaba tres tablas: ése era todo mi sitio. Esos camastros los ocupaban, en nuestra única habitación, treinta hombres. En invierno nos encerraban pronto: había que esperar unas cuatro horas a que todos se durmieran. Hasta entonces, todo era bulla, jaleo, carcajadas, tacos, tufo, mugre, ruidos de cadenas, cabezas rapadas, rostros marcados, ropas harapientas. Sí, denostado, degradado… ¡el hombre sobrevive! El hombre es un ser que se acostumbra a todo; ésa es, pienso, su mejor definición.

Ocupábamos la prisión, en total, doscientos cincuenta hombres, cifra casi constante. Unos llegaban, otros cumplían su condena y salían, y otros morían. ¡Y qué gente no había allí! Creo que cada provincia o comarca de Rusia tenía a sus representantes. Había también gente de otros lugares, algunos deportados de las montañas del Cáucaso. Todos ellos estaban divididos según el grado del delito y, por consiguiente, por el número de años de condena.


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