Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Pero los polacos constituían un grupo aparte. Eran seis y estaban juntos. De todos los presos de nuestro barracón sólo querían a un judío, quizá únicamente porque les divertía. A nuestro judío le querían también los demás presos, aunque todos, sin excepción, se reían de él. Era el único judío que había y todavía hoy no puedo acordarme de él sin reírme. Cada vez que le miraba, me venía a la memoria el judío Yánkel, de Gógol, el cual, en Tarás Bulba, al desnudarse para pasar la noche con su judía en un armario, parecía que se había convertido de repente en un pollo desplumado. Isái Fómich, nuestro judío, se parecía, como una gota de agua a otra, a un pollo desplumado. Era un hombre ya no joven, de unos cincuenta años, bajo y enclenque, astuto y al mismo tiempo decididamente tonto. Era insolente y arrogante, y al mismo tiempo, terriblemente cobarde. Estaba lleno de arrugas y llevaba en la frente y en las mejillas las marcas que le habían puesto en el cadalso. De ningún modo puedo comprender cómo pudo soportar sesenta latigazos. Cumplía condena por asesinato. Guardaba una receta de un médico que le consiguieron unos judíos justo después de pasar por el cadalso. Con ella se podía conseguir una pomada que en dos semanas hacía desaparecer las marcas de la cara. No se atrevía a usarla en el penal y aguardaba a cumplir los doce años de su condena para utilizarla sin falta después, al salir como colono. «De no ser así, no podré cazarme —me dijo una vez, ceceando—, y yo quiero cazarme a toda costa». Éramos grandes amigos. Él siempre estaba de muy buen humor. En el penal, la vida le era fácil; de oficio, era joyero y le hacían muchos encargos de la ciudad, en la que no había ningún joyero. De esa manera se libraba de los trabajos más duros. Por supuesto, también era usurero, y prestaba dinero, bajo fianza y con intereses, a todo el penal. Había ingresado en el presidio antes que yo, y uno de los polacos me describió con detalle su llegada. Es una historia muy divertida que contaré más adelante; de Isái Fómich hablaré en más de una ocasión.


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