Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —¡Basta! —dijo Trudoliubov levantándose—. Puede venir, si tanto lo desea.
—Pero es que estaremos entre amigos —protestó Ferfitchkin, irritado—. No se trata de una reunión oficial. A lo mejor, su presencia…
Se marcharon. Al salir, Ferfitchkin ni siquiera me saludó. Trudoliubov inclinó casi imperceptiblemente la cabeza, Sin mirarme.
Simonov, con el que me quedé solo, parecÃa perplejo y molesto. Me miraba de un modo extraño. Ni se sentaba ni me invitaba a sentarme.
—Bueno, ya sabe: mañana. ¿Entregará hoy el dinero? Se lo pregunto para poder planearlo todo con seguridad —explicó rápidamente, muy confuso.
Enrojecà de cólera, pero, mientras enrojecÃa, me acordé de que le debÃa quince rublos desde hacÃa siglos, cosa que yo nunca habÃa olvidado.
—Comprenda usted, Simonov, que al venir aquà no podÃa prever… Lamento de veras haberme olvidado de…
—¡Bah! No tiene importancia. Ya pagará usted mañana. Sólo lo he dicho para saber con certeza… En fin, no se preocupe…
Se calló de pronto y empezó a ir y venir por la habitación, cada vez más irritado, golpeando violentamente el suelo con los talones.