Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —¿Tiene usted algo que hacer? ¿Lo molesto? —pregunté tras unos minutos de silencio.
—¡Oh, no! —exclamó, como si volviera en sà de pronto—. Aunque, para serle franco, me tengo que acercar a… No está lejos de aquà —añadió, confuso y en un tono de excusa.
—¡Dios mÃo! ¿Por qué no me lo ha dicho antes? —exclamé cogiendo mi gorra con una desenvoltura que me habÃa venido de Dios sabe dónde.
—No está lejos de aquÃ…, a dos pasos —repetÃa Simonov acompañándome hasta la puerta con una solicitud que no le cuadraba en absoluto—.
—AsÃ, pues, hasta mañana, a las cinco en punto —me gritó desde lo alto de la escalera.
No podÃa ocultar que se alegraba de que me fuera. En cambio, yo estaba furioso…
¿Por qué diablos me habrÃa metido en aquel enredo? Rechinaba los dientes mientras iba a grandes zancadas por la calle. ¿Y todo por quién? ¡Por aquel cerdo de Zverkov! «Desde luego, no iré. ¡Sólo merecen que les escupa! Nada me obliga a ir. Avisaré a Simonov por carta.»
Pero lo que más me irritaba era mi seguridad de que irÃa, de que irÃa a toda costa, y que tanto más empeño pondrÃa en ir cuanto menos me conviniera y más pudiese hacer el ridÃculo.