Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo No sólo no había allí ninguno de ellos, sino que me fue en extremo difícil encontrar la sala que teníamos reservada. Aún no estaban puestos los cubiertos. ¿Qué significaba aquello? Después de muchas preguntas, me enteré por los camareros de que la comida estaba encargada para las seis y no para las cinco, cosa que me confirmó el maître d’hotel.Me sentí molesto conmigo mismo por haberles preguntado. Aún no eran más que las cinco y veinte. Si habían cambiado la hora debieron avisarme (para eso está el correo). Me habían afrentado ante mí mismo y ante la servidumbre. Me senté. El camarero empezó a poner los cubiertos, y, en su presencia, me sentí más irritado aún. Hacia eso de las seis, además de las lámparas que alumbraban ya la habitación, trajeron bujías; pero al criado no se le había ocurrido traerlas a mi llegada. En el comedor de al lado cenaban dos señores silenciosos y sombríos, cada uno en una mesa diferente. Pero en los lejanos salones había mucho ruido: oía gritos, risas, exclamaciones en mal francés, de un grupo de comensales, compuesto de caballeros y damas. Me sentía descorazonado. Pocas veces había pasado minutos tan desagradables. Tanto, que a las seis en punto, cuando aparecieron todos a la vez, me dispuse a acogerlos como salvadores: en los primeros momentos, incluso me olvidé de que debía mostrarme ofendido.