Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Pero lo más irritante, lo más ofensivo era que yo sabÃa perfectamente que, en resumidas cuentas, no tenÃa necesidad de nada de aquello; que no deseaba en modo alguno aplastarlos, vencerlos, subyugarlos; que yo serÃa el primero en no dar un solo céntimo por aquella victoria en caso de obtenerla… ¡Oh, cómo imploraba a Dios que aquella velada pasara lo más rápidamente posible! Colmado de una angustia indecible, me acerqué a la ventana, abrà el cristal y traté de perforar con la mirada el opaco velo de nieve fundida que caÃa en gruesos copos.
Al fin, mi viejo y pequeño reloj de péndulo dio, como tosiendo, las cinco. Tomé mi sombrero, y procurando eludir la mirada de Apolonio, que esperaba su salario desde por la mañana, pero que, por su estupidez, no querÃa ser el primero en hablarme, me deslicé al exterior. Alquilé un hermoso trineo con los cincuenta copecs que me quedaban y llegué al Hotel ParÃs con aires de gran señor.
Desde la vÃspera sabÃa que serÃa el primero en llegar. Pero no era eso lo que verdaderamente importaba entonces.