Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Me imaginaba con desesperación el tono altivo y glacial con que me acogerÃa el canalla de Zverkov; el estúpido desprecio con que me mirarÃa Trudoliubov, y la risa descarada de Ferfitchkin, aquel insecto que querrÃa adular a Zverkov. En cuanto a Simonov, lo comprenderÃa todo y me despreciarÃa por la bajeza de mi vanidad y de mi cobardÃa. Además, y especialmente, ¡qué miserable, qué poco littéraire, qué trivial serÃa aquella reunión! Lo mejor habrÃa sido, evidentemente, quedarse en casa. Pero esto era justamente lo más difÃcil. Cuando me acometÃa esta tentación, me rebelaba. Me habrÃa burlado de mà mismo durante todo el resto de mi vida: «¡Vaya, hombre! ¡Tuviste miedo de la realidad! ¡SÃ, miedo!» Precisamente lo que yo deseaba, lo que yo anhelaba era demostrar a aquella «morralla» que no era en modo alguno tan cobarde como parecÃa. En plena fiebre, soñaba con vencerlos, con triunfar, con cautivarlos, con obligarlos a estimarme aunque sólo fuese por «la elevación de mis pensamientos y por mi innegable y cáustico ingenio. Abandonarán a Zverkov, lo dejarán solo, silencioso y confuso en un rincón. Lo aplastaré. Seguidamente quizá tenga la condescendencia de reconciliarme con él; beberemos, nos tutearemos».