Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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—¿Quiere usted deslumbramos con su inteligencia? —No se inquiete. En esta ocasión, tal intento sería completamente inútil.

—Pero ¿qué le pasa a usted? ¿A qué viene ese modo de gruñir? ¿Acaso lo ha vuelto loco su cancillería?

—¡Basta, señores, basta! —exclamó Zverkov con voz autoritaria.

—¡Cuánta tontería! —rezongó Simonov.

—En efecto, todo esto es estúpido —dijo Trudoliubov dirigiéndose sólo a mí y en el tono más grosero. Esto es una reunión de amigos para despedir a un buen camarada y empieza usted a disputar. Fue usted quien solicitó formar parte del grupo. No rompa, pues, la buena armonía.

—¡Basta, basta! —gritó Zverkov—. ¡Cálmense señores! Esto no está ni medio bien. En vez de discutir, escuchen: voy a contarles cómo estuve a punto de casarme anteayer.

Y Zverkov empezó a referir una aventura imbécil. Naturalmente, no se trataba de ningún casamiento, sino de un pretexto para citar generales, coroneles e incluso gentiles hombres de cámara, entre los que Zverkov desempeñaba casi siempre el papel principal. Los oyentes estallaban en risas de aprobación; Ferfitchkin incluso profería gemidos.


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