Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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—No es una fortuna —comentó gravemente Zverkov.

—Desde luego, no podrá comer en restaurantes —remachó insolentemente Ferfitchkin.

—A mi juicio, ese sueldo es, sencillamente, una miseria —dijo, muy serio Trudoliubov.

—¡Y cómo ha enflaquecido usted, cómo ha cambiado desde entonces! —exclamó Zverkov, esta vez sin malicia, con una especie de compasión insolente y examinándonos a mí y a mi traje.

—¡Basta ya! Lo han confundido —dijo, burlón, Ferfitchkin.

—Sepa usted, señor, que no estoy confuso ni mucho menos —estallé al fin—. ¿Me oye? Como en el restaurante pagando de mi bolsillo, de mi propio bolsillo, téngalo en cuenta, señor Ferfitchkin, y no con dinero ajeno.

—¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? ¿Quién no come aquí pagando de su bolsillo?

Furioso, rojo como una langosta, Ferfitchkin me miró fijamente a los ojos.

—Lo he dicho por decir algo. —Comprendía que había ido demasiado lejos—. Por lo demás, creo que sería mejor hablar de cosas propias de personas inteligentes.


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