Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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—Dígame: ¿está usted en el ministerio? —me preguntó Zverkov, que, como ven, seguía dedicándome su atención.

Viéndome confuso, consideraba que era necesario mostrarse sociable conmigo y levantar mi ánimo. «Por lo visto quiere que le lance una botella a la cabeza», me dije, sintiendo que el furor se apoderaba de mí. Me irritaba con gran rapidez, sin duda a causa de mi falta de costumbre de alternar con las personas.

—Sí, pertenezco a la cancillería —respondí con voz ronca.

—Y… ¿ve usted alguna ventaja en ese empleo? Dígame: ¿por qué dejó sus anteriores ocupaciones?

—Porque estaba harto, sencillamente. Arrastraba las palabras mucho más que él. Apenas podía dominarme. Ferfitchkin se dedicó de lleno a su plato. Simonov me lanzó una mirada irónica. Trudoliubov dejó de comer y me miró fijamente, con curiosidad.

Zverkov tuvo un ligero sobresalto, pero fingió no darse cuenta de nada.

—¿Y los honorarios, qué?

—¿Qué honorarios?

—Su sueldo.

—Esto parece un examen.

Sin embargo, le dije lo que ganaba. Me sentía sonrojado hasta las orejas.


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