Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —¡No veo nada de risible en eso! —dije, cada vez más irritado, a Ferfitchkin—. La culpa es de ellos, no mÃa. No me avisaron. Es… incomprensible.
—Incomprensible es poco —rezongó Trudoliubov tomando ingenuamente mi defensa—. Es usted demasiado indulgente. Ha sido una verdadera groserÃa, aunque no premeditada… ¿Cómo es posible que Simonov…? ¡Hum!
—Si a mà me hubiesen hecho una jugada asà —comentó Ferfitchkin—, habrÃa…
—HabrÃa pedido algo al camarero —le interrumpió Zverkov—. O se habrÃa puesto a comer sin esperamos.
—También yo habrÃa podido hacerlo sin autorización de ustedes, reconózcanlo —declaré en un tono tajante—. Si los he esperado ha sido porque…
—¡A la mesa, señores! —exclamó Simonov, entrando—. Todo está listo. Garantizo champán. Está helado. No conozco su dirección. ¿Cómo podÃa avisarle? —me dijo volviéndose de pronto hacia mà pero sin mirarme.
Evidentemente tenÃa algo contra mÃ, ya que estaba pensando en el asunto desde el dÃa anterior.
Nos sentamos. La mesa era redonda. TenÃa a mi izquierda a Trudoliubov, y a mi derecha a Simonov. Zverkov estaba frente a mÃ, y Ferfitchkin, entre él y Trudoliubov.