Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —Me he enterado con asombro de su deseo de ser hoy de los nuestros —empezó a decir con voz jadeante y untuosa y subrayando las palabras, cosa que antes no hacÃa—. HacÃa mucho tiempo que no nos veÃamos. Nos evitaba usted, y hacÃa mal, porque no somos tan terribles como usted cree. Pero, sea como fuere, me alegro mucho de reestablecer…
Se volvió y, con un ademán negligente, lanzó su sombrero al alféizar de la ventana.
—¿Lleva mucho tiempo esperando? —preguntó Trudoliubov.
—He llegado a las cinco en punto, como quedó convenido ayer —respondà en voz alta y con una irritación que hacÃa prever un próximo estallido.
—¿Es que no le avisaste de que habÃamos cambiado la hora? —preguntó Trudoliubov a Simonov.
—No. Se me olvidó —repuso éste, aunque sin mostrar ningún pesar. Luego, sin excusarse ante mà salió para dar las órdenes pertinentes.
—¿Conque hace ya una hora que está usted aqu� ¡Pobre chico! —exclamó burlonamente Zverkov, pues, para su modo de ser, aquello era sumamente divertido.
E inmediatamente, siguiendo su ejemplo, el miserable Ferfitchkin soltó una de sus risotadas repelentes, agudas y temblorosas. Me pareció un perro. Y él me consideró a mà como un ser ridÃculo.