Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo En ciertos instantes me sentÃa traspasado cruelmente por el amargo pensamiento de que me acordarÃa siempre, con un sentimiento de disgusto y humillación, transcurridos diez años, transcurridos cuarenta, de aquellos minutos que fueron los más innobles, los más ridÃculos, los más horribles de mi vida. Verdaderamente, era imposible una autohumillación más pérfida y más deliberada. Me daba perfecta cuenta de ello, pero proseguÃa mis paseos entre la mesa y la chimenea. «¡Si supierais, por lo menos, de qué sentimientos, de qué pensamientos soy capaz! ¡Si supierais lo inteligente que soy!», pensaba yo a veces, dirigiéndome mentalmente a mis enemigos instalados en el diván. Pero éstos se conducÃan exactamente como si yo no existiese. Sólo una vez se volvieron hacia mÃ. Fue cuando Zverkov empezó a hablar de Shakespeare, y yo lancé una carcajada despectiva. Mi risa fue tan falsa, tan ruin, que ellos interrumpieron repentinamente su conversación y estuvieron siguiendo durante un par de minutos, con tanta seriedad como curiosidad, mis paseos a lo largo de la pared sin prestarles la menor atención.Pero no conseguà nada; no me dirigieron la palabra, y, dos minutos después, me habÃan olvidado de nuevo. Dieron las once.
—¡Señores! —exclamó Zverkov levantándose—. ¡Ahora vamos todos para allá!