Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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—¡Eso, eso! —aprobaron los demás. Me volví repentinamente hacia Zverkov. Me sentía abrumado, aplastado hasta el punto de estar dispuesto a todo, incluso a matarme, para poner fin a aquella situación. Tenía fiebre, el pelo, empapado en sudor, se me pegaba a la frente, a las sienes.

—Zverkov, le ruego que me perdone —dije resueltamente—. También a usted, Ferfitchkin, y a todos, pues a todos los he ofendido.

—¡Vaya! Por lo visto, tiene miedo a batirse —dijo Ferfitchkin con su pérfida vocecita.

Sentí un mazazo en el corazón. —No, no temo al duelo. Estoy dispuesto a batirme con usted mañana, incluso si nos reconciliamos. Es más, deseo que se lleve a cabo el desafío. No me niegue usted ese favor. Quiero probarle que el duelo no me da miedo. Usted tirará primero. Después, yo dispararé al aire.

—Por lo visto, esto le divierte —comentó Simonov.

—¡Cuánta tontería! —exclamó Trudoliubov.

—¡Bueno, apártese de una vez! No nos deja pasar… En definitiva, ¿qué quiere usted? —preguntó Zverkov, despectivo.

Todos tenían el rostro congestionado y los ojos brillantes: habían bebido demasiado.


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