Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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—Quiero su amistad, Zverkov. Lo he ofendido y… —¿Qué usted me ha ofendido? ¿Usted? ¿A mí? Sepa usted, caballero, que usted no puede ofenderme nunca, en ningún caso…

—¡Basta! ¡Lárguense! —concluyó Trudoliubov—. ¡Vámonos ya, señores!

—¡Olimpia para mí! ¿De acuerdo? —exclamó Zverkov.

—¡Sí, sí, de acuerdo! —le respondieron entre risas. Permanecí inmóvil, aplastado. El grupo hizo una salida ruidosa. Trudoliubov cantaba una estúpida tonadilla. Simonov se rezagó momentáneamente para dar las propinas a los camareros. De pronto me acerqué a él.

—¡Simonov, présteme seis rublos! —le dije, con la resolución del desesperado.

Me miró, estupefacto y con ojos turbios: también él estaba ebrio.

—¿Cómo? ¿Acaso pretende venir là bas con nosotros?

—¡Sí!

—No tengo dinero —repuso Simonov tajante y con una sonrisa de desprecio. Luego se dirigió a la puerta.

Me aferré al faldón de su capa. Aquello era una verdadera pesadilla.


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