Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —Lisa me respondió casi en un susurro, pero sin ninguna amabilidad y apartando sus ojos de los mÃos.
EnmudecÃ.
—¡Qué mal dÃa hace!… Nieve y más nieve… ¡Es triste! —dije después, como hablando conmigo mismo y cruzando con gesto melancólico los brazos debajo de la nuca—. Fijé la vista en el techo.
Ella no me respondió. Su silencio me mortificaba.
—¿Eres de aqu� —le pregunté con cierta irritación y volviéndome ligeramente hacia ella.
—No.
—¿De dónde has venido?
—De Riga —repuso con un gesto de repugnancia.
—¿Eres alemana?
—No, rusa.
—¿Llevas mucho tiempo aqu� —¿Dónde?
—En esta casa.
—Desde hace dos semanas.
Su voz era cada vez más ronca. La vela se habÃa apagado. Ya no me era posible distinguir su rostro.
—¿Tienes padres?
—Pues… sÃ.
—¿Dónde están?
—En Riga.
—¿Qué hacen?
—Nada de particular.
—Bueno, pero ¿a qué se dedican, de qué viven?